Literatura

Literatura y música: el gozo de escribir

Apuntes sobre el narrador como compositor 

La vida fluye con un orden inusitado. Acompasado, intercalado, por capítulos, por párrafos, por frases. El cuerpo vibra y se emociona y viaja sin necesidad de moverse, trasladado por la alfombra sonora hasta las alturas. El corazón se acelera, los recuerdos acuden puntuales e impertinentes, sin que nadie los llame. La temperatura se eleva y queremos bailar. No hay engaño ni hay magia: las sirenas nos someten y no hay escapatoria. ¿Por qué es placentera la música? ¿Hay en nuestro ser una predisposición a ordenar los sonidos, a componer, a buscar armonía? Sí: igual que sucede con la palabra, buscamos organizar el caos del mundo a través de historias. La música y su placer derivan del deseo de orden, del control sobre algo intangible y salvaje como el ruido. Apresar al animal, domarlo, jugar con él.

Sin embargo, surge la pregunta: ¿Por qué disfrutamos un tipo de música y nos disgustamos ante otro? ¿Dónde nace la sensibilidad musical? ¿Hace parte de nuestra identidad, de la forma en que observamos la realidad? ¿Es una construcción cultural, una representación de los imaginarios sociales? ¿Es acaso un genio que sale de los audífonos y nos embelesa, nos seduce y nos condiciona anímica y emocionalmente? Lo cierto es que día a día construimos nuestra identidad, creamos imaginarios alrededor del amor, de la amistad, de la muerte. ¿De dónde viene ese genio? No lo sabemos. No hay explicación. El Johnny Carter que Cortázar nos dibuja en “El perseguidor” está poseído por aquel genio. Enajenado, loco, desquiciado por su poder. Tocar el saxo es un exorcismo, una experiencia mística. Quizás debamos escribir, frotar la página en blanco para que salga y atraparlo.

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¿Por qué el oyente contemporáneo es tan pasivo? A veces, incluso, no nos tomamos la molestia de entender la letra de las canciones. Las oímos, pero no las escuchamos. La música, inevitable y plural, parece no comunicar nada. Se encuentra extraviada, perdida. Quizás sea preciso evitar la grandeza —es decir, su volumen excesivo, su estridencia omnipresente— de la música y darle su lugar, más íntimo. Entender que la saturación musical, como en la escritura, puede derivar en fealdad. Al igual que comer, la música, para ser degustada, necesita todos nuestros sentidos a su servicio. Sentir la vibración, la ambrosía que recorre todo el cuerpo y transporta nuestra alma a paisajes lejanos e imposibles.

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Música, danza y escritura coinciden en su accesibilidad y popularidad a la hora de apreciar, practicar y degustar como artes. Todos podemos percibir la alegría ante una pieza musical, todos sentimos la necesidad de mover el cuerpo a ritmo de dicha música y todos practicamos literatura cuando intentamos narrar lo sucedido. Entonces, la música avanza, bailamos y vivimos, sintiendo como se precipita aquel río placentero que, paradójicamente, detiene el tiempo. Recordamos el río de Heráclito y de Borges que nos transforma y nos moldea: la música inmoviliza el tiempo y abarca el espacio temporal, lo estira, lo empapa de sentido y de historias: Johnny Carter lo descubrió en un vagón de metro de París: en un minuto de música caben 20 años de vida y quizás mil y una noches de cuentos.

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El placer por la música es algo, en apariencia, natural. El goce es inherente a la música, no hay duda. Pero, ¿el río de emociones que suscita tiene un rumbo? ¿Podemos dirigir su viaje? En su forma, en las emociones y en la psicología que subyace en la música, en los imaginarios que despierta, está si lo pensamos y lo analizamos, la hoja de ruta para avanzar en el viaje por las aguas musicales y disfrutar: debemos involucrarnos psicológicamente y descubrir, como Carter, como Cortázar, lo que el ritmo esconde.

En música y literatura, el ritmo es clave. La atracción que un texto ejerce sobre un lector no proviene del empleo de figuras retóricas intrincadas, de léxico barroco o de juegos ingeniosos y complicados con la sintaxis; lo que seduce es el ritmo. La música de las palabras que nos invita a bailar página a página. Así, el color tonal de una canción equivale al tono y a la voz que adoptamos en la narrativa. Una voz masculina se diferencia de una femenina, de una infantil; el tono sabio de un tono humorístico, etc. Cada instrumento tiene su color, al igual que cada narrador lo tiene.Podemos buscar la polifonía, la confluencia de voces y producir un texto rico en sus diálogos, en sus cosmovisiones. Recordemos “Clone” de Julio Cortázar. Y Rayuela.

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El escritor como compositor musical debe, antes de mezclar voces y personajes, escucharlos en términos de sus partes componentes. Conocerlos, examinarlos. Introducirlo de acuerdo a sus características, de la misma manera que en una orquesta, la percusión y las cuerdas se combinan en un orden determinado. No podemos, como compositores-escritores, hacer que nuestros personajes transiten el mismo camino. En un cuento, no puede existir repetición. Lo que un instrumento hace pertenece a un registro y a una cosmovisión única. Lo que le pasa a Patroclo no le puede pasar a Aquiles. Sin embargo, aunque la claridad y la nitidez en la narración y en la trama, en la construcción de los personajes, sean el objetivo buscado, cierta ambigüedad, cierto desconocimiento de lo que sucede, de las voces que se combinan, aumenta el placer. El misterio, la intriga y la sorpresa de una voz inusual, nos llenan, como lectores, de un gozo inusitado.

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El tono revela la búsqueda emocional del compositor-escritor. Las elecciones en cuanto al color tonal dan cuenta de la delicadeza, de la sensualidad o de la curiosidad, la inteligencia, el humor, la erudición o la ironía. Da cuenta esto de una personalidad creativa y narrativa. De una naturaleza determinada que busca expresar sus inquietudes. Los colores y los tonos cambian en el compositor de la misma manera que éste cambia. Sus necesidades intelectuales, narrativas y estéticas evolucionan aun cuando su esencia, su alma, se conserve.

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Cómo escuchamos y cómo narramos, descritos en tres planos. El plano sensual: el goce de los sentidos por la musicalidad de las palabras. No pensamos lo escrito ni lo examinamos. Sin embargo, habita en este plano, como en la música, un germen artístico: la combinación de palabras altera la atmósfera, altera el ánimo de quién las emite. El plano expresivo: lo que intenta decir el poema, el cuento, la novela, la frase, la palabra. Expresa estados de ánimo, ideas, conceptos, placer. Con matices y diferencias, sin precisión en cuanto a lo emocional ya que al ser leída, la palabra muta. Sin embargo debe contener la resonancia de la palabra justa, la certeza de la flecha. De igual manera que en la música, cada tema y cada nota revelan algo distinto; cada cuento, cada frase, cada palabra reflejan un modo de sentir. La cualidad expresiva radica en la multiplicidad de sentidos, la capacidad de renovarse del texto. El plano literario de la literatura es similar al plano musical de la música: en el primero están la cohesión, la coherencia, el ritmo; en el segundo, la melodía, los ritmos, los tonos y los timbres.

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Debemos, como lectores ideales, juzgar y gozar: estar dentro y fuera del acto creativo.

Dejarse llevar, pero también criticar. Ser subjetivos y objetivos.

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¿Qué material tiene el escritor-compositor para iniciar el acto creativo? Se comienza con una idea narrativa, un tema. El tema, como idea, tiene varias formas: frase, personaje, anécdota, símbolo, escenario, etc. Es necesario cuestionar estas ideas-tema en su valor emocional, es decir, preguntarnos qué significan para nosotros, con qué lo puedo conectar. ¿Qué valor expresivo tiene? ¿Es triste, violento, alegre, erótico, irónico? ¿Qué sentidos involucra y qué valor simbólico tienen?

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Hay que esperar que la inspiración llegue todos los días. Pero debemos esperarla escribiendo. El escritor profesional escribe todos los días. A veces surge algo bueno,  a veces no, pero todo es parte de un proceso. Si no actuamos las ideas no pueden surgir. No tienen donde germinar.

 

Gabriel Rodríguez

Escritura de luz: Literatura y fotografía

“El ojo que tú ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque él te ve.” 

Antonio Machado

 

La fotografía, a diferencia de otras expresiones artísticas, está rodeada de un halo de facilidad y su práctica parece desprovista de la exigencia. De este modo, la música, el dibujo, la pintura, la escritura y la escultura, miran como diosas de la destreza y la dificultad hacia abajo, de manera maternal, a aquel rincón ignominioso del arte accesible a todos, vulgar, prostituido, donde un máquina hace más que el artista. Sin embargo, nada más alejado de la realidad: la fotografía no es una cenicienta ni mucho menos una hija bastarda de la pintura, es una expresión vigorosa que revela el ethos del fotógrafo y, mediante el acto fotográfico, da cuenta de una elección constante. Eso es la fotografía, un acto, un gesto, una intención y, sobre todo, una elección. Elección estética, moral. Afán por vencer al tiempo, por atrapar el espacio y narrar esa lucha.

Como arte popular, la foto tiene una meta y un fin práctico: el registro. En ese sentido, los vasos comunicantes con la escritura se estrechan. Sin embargo, surgen interrogantes entorno a qué es digno de registrar pues las decisiones del fotógrafo lo configuran como un sujeto inmerso en una dinámica social. Así pues, lo fotografiable, aquello que consideramos digno de conservar, de salvaguardar, como un fósil congelado, de la virulencia del tiempo, responde a una cultura determinada, e incluso, a una clase social. Entonces ¿Qué es fotografiable y por qué? ¿Qué se esconde detrás del gesto de la toma, de su recepción, su contemplación y su posterior interpretación? Esta historia que subyace tras el acto fotográfico, esa fuerza invisible que impulsa capturar y a disparar, debe y necesita  ser contada. ¿Por qué fotografiamos lo que fotografiamos?

 

Narciso editor

Mallarmé afirmó: “Todo existe para culminar en un libro”. El anhelo de mirar, bajo el lente poético, convierte la realidad en un simulacro, en un caos que sólo el poeta puede aclarar mediante sus versos. De algún modo, dicha máxima ha mutado y hoy podemos afirmar que todo existe para ser fotografiado, para culminar en un portarretrato, en un álbum familiar, en las redes sociales o como fondo de pantalla de un laptop o un Smartphone. Al igual que Mallarmé, el sujeto que se autorretrata desea poseer y transgredir el devenir natural: desea vencer a la muerte y, más que eso, desea belleza. Ordenar, en una sonrisa, en una pose, el caos de la existencia. Borrar los momentos malos, editar, tachar y condensar su vida en un fugaz destello de felicidad (como el poeta que escribe el primer verso y, con una fiebre creadora, busca incesantemente otros versos que le hagan compañía). El mito de narciso ante el espejo es la imagen de sujeto congelado, petrificado, cámara en mano, ante el poder de su mirada: sinécdoque de un acto solitario y simplificador; sujeto que es pluma, lente, mano, ojo. Reflexionar sobre esto nos permite trazar objetivos y unir, en abrazo cálido, el lápiz y la cámara. Entender la fotografía como una transformación de lo real, como un vehículo para expresar nuestra noción de mundo, nuestra mirada. Verme y apreciarme como otro a través de la cámara, conocerme y descubrirme y desnudarme mediante la palabra y las fotos en un proceso similar a la edición. Porque tanto la escritura como la fotografía son actos de reciclaje, de selección. Son la búsqueda del momento y la palabra justa.

 

La verdad interior

La foto y el texto, entonces, pueden ser asumidos como partos donde un nuevo yo ve la luz mediante un punto de vista determinado o una pose. Jardín de los imaginarios que se bifurcan: lo que creo ser, lo que quisiera ser, lo que la cámara dice que soy y lo que el escritor interpreta de mí. La duda habita en dichos imaginarios y convierte al fotógrafo-poeta en un acróbata. Un funambulista que reta las leyes de lo probable, que hace malabares y oculta y omite para crear tensión, para dotar al relato-foto de una atmósfera. Este acróbata lucha por dar vida ahí donde la muerte está más presente: al borde del precipicio, donde el parto y la muerte se unen en un gesto creador cotidiano: el instante irrepetible. Su labor es dotar de verdad interior a su relato-foto y sembrar en el espectador la duda, y  que desee leer y desentrañar el pasado, que imagine un futuro.

 

El baile de la ficción

Como arte popular, la fotografía encuentra semejanzas con el baile. Ambos constituyen un acto ritual, y un acontecimiento social sujeto a ciertas convenciones. La fotografía responde, en el orden de lo social, a la conmemoración de logros, la necesidad de construir un relato cronológico y al afán por exhibir una imagen, un retrato/relato (tanto familiar como de sí mismos). Incluso, cuando no se participa de dicha convención, se transforma en un instrumento de poder que expresa rebeldía —“no tengo foto de perfil en Facebook”, “me niego a posar en una foto familiar”, “sonrío para la foto de la cédula”— y rechazo hacia las convenciones imperantes. La ruptura con los cánones establecidos supone un impacto. Es mostrar a alguien (a otro o a sí mismos) desde una mirada novedosa, nueva, renovada, fresca. Es conocer al sujeto fotografiado como jamás podrá conocerse. Escribir con voz propia, con ímpetu y decisión, en la era de la nostalgia instantánea, supone narrar desde el silencio (como quien lleva en la cartera la foto de la madre, la esposa, la hija y cree llevar consigo todo lo que estos representan en una sinécdoque amorosa, en un uso “talismánico” de la foto), de lo no dicho e inventar un baile, de ritmo y compás propios. ¿Cómo lograr que un relato-foto perdure en esta sociedad saturada? ¿Cómo narrar e imponer mi voz ante tanto ruido?

 

La caverna platónica

Toda obra de arte debe buscar la luz aun cuando su materia prima sean las sombras. Las palabras y las imágenes son esas sombras que los prisioneros, en su soledad y confinamiento — ¡qué familiares resultan esos prisioneros de Platón cuando contemplamos a alguien con su Smartphone!—, consumen sin cesar. La sombra, por más oscura que sea, lleva en su interior el germen de la llama que le dio vida. Es obligación del artista conservarla. Por eso, tanto el relato-foto debe expresar algo y no quedarse anclado en la representación de objetos, en la descripción de un espacio. Para hallar la luz primigenia, las sombras deben despertar sensaciones, desencadenar miedos, sospechas, deseos, despertar fuerzas desconocidas y conmover. Las pasiones son invisibles, pero el ojo las reconoce mediante la asociación, y encadena el exterior a un interior inmanente. Abandonar los clichés y entablar una relación de empatía con el sujeto, objeto, animal o paisaje retratado. Hermanar las palabras y las fotos.

Gabriel Rodríguez

@luisgabrielr7

 

Referencias bibliográficas

 

Bachelard, G. (2000). La poética del espacio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Barthes, R. (1989). La cámara lúcida. Notas sobre la fotografía. Barcelona: Paidós.

Campbell, F. (2010). Las palabras y las fotos. Revista de la Universidad de México(75), 70-77.

Dubois, P. (1986). El acto fotográfico. De la representación a la recepción. Barcelona: Paidós.

Fontcuberta, J. (1997). El beso de Judas. Fotografía y verdad. Barcelona: Editorial Gustavo Gili.

Fontcuberta, Joan (ed.). (2004). Estética fotográfica (selección de textos). Barcelona: Editorial Gustavo Gili.

Jiménez, C. (2002). Los rostros de Medusa: Estudios sobre la retórica fotográfica. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Juarroz, R. (1991). Poesía vertical. Madrid: Visor .

Sontag, S. (2008). Sobre la fotografía. Barcelona: Random House Mondadori.

Wajcman, G. (2010). El ojo absoluto. Buenos Aires: Manantial.

 

La vida no ha cambiado nada

 “La ciudad parece estar consumiéndose poco a poco,

pero sin descanso, a pesar de que sigue aquí”

Paul Auster, El país de las últimas cosas

 

El futuro siempre tiene una capa de neblina que lo hace difuso. No lo vimos venir. Ahora podría quitar las tablas que protegen la ventana y dejar que el aire viciado por el aburrimiento se vaya, pero tengo miedo. No sé si logres entender mi situación, pues hace mucho que no vienes por aquí y el recuerdo que tienes de Sultana es otro, sin tantas sombras. Me gustaría, si esta carta logra llegar a tus manos, que reflexionaras sobre esto: es fácil acostumbrarse a un mundo pequeño, si tienes alimentos en conserva, una buena provisión de cerveza y tu gato rondando por ahí. Todo es posible si hay unas condiciones mínimas. Lo difícil es el silencio, la falta de contacto, la soledad. Escucho ruidos humanos, pero son distantes. No hay palabras. No reconozco nada pues el miedo nos ha sumido en un mutismo primigenio, lleno de polvo, de oscuridad. Sultana ha cambiado después del virus. Dicen que la gente pinta en las paredes, con la desesperación de sentirse humanos, escenas de la vida cotidiana antes de la pandemia.

El polvo logra entrar, aunque estoy sepultado. Trae otras sinrazones, otras sombras. Barro, impulsado por la costumbre, esa mezcla de caminos sin recorrer, de abandono. Hermano, quizás, sólo nos queda eso: compartir, a través del viento y del azar, nuestros pasos. Compartir nuestras ausencias, nuestros silencios. Voy de la sala al patio, y siempre que paso, voy acariciando las bifloras y las matas de sábila de mamá. El polvo se adhiere a ellas en un abrazo más sencillo, y por tanto más fuerte. No tengo otra forma de recordar. Pienso que este mundo, que ahora vive más allá de nosotros, sólo sobrevivirá si podemos recobrarlo después. Si podemos acariciar el polvo.

No intentes venir por mí, hermano, lo que teníamos que vivir, ya lo vivimos. No encontrarás otra cosa que neblina. No nos queda nada. Porque el virus nos quitó los abrazos. Fue como si nos arrancaran la piel. Al principio, como ya sabrás, nos tuvimos que recluir en nuestras casas. La ciudad cerró los ojos y se retiró a dormir. Lentamente, avanzamos hacia el precipicio del tedio, de la destrucción más cruel: caímos sin remedio en la indiferencia ante el dolor de los demás. Se escuchan ruidos humanos, claro que sí, pero todos contienen una sombra de miedo: cristales rotos, disparos, gritos. No recuerdo la última vez que reí. No sé con quién hablé ni qué voz escuché antes de esta locura.

He comprendido que siempre valoramos lo que está roto. Lo que ya no está. Te extraño, hermano. Antes de todo esto me alimentaba la ilusión de tu regreso, la posibilidad de tu llegada. Porque los reencuentros son más importantes que la costumbre, y la llegada a una casa, después de enfrentarte a la ciudad, y tocar la puerta, escuchar los pasos que se aproximan, es lo que justifica los muros. Y deja marcas muy hondas. Porque una casa no es para vivir en ella, es para llegar. Es una invitación a salir. Pero no podemos marcharnos ya, hermano. Porque Sultana es un agujero, un gemido de posibilidades. Una trampa.

Por eso recorro la casa: para sentir que avanzo. Camino para sentir, aunque sea por unos instantes, algo de incertidumbre: la ignorancia de lo que encontraré cuando regrese. Pero ya no puedo más. Estoy agotado.

Hermano, la imagen que me llena de zozobra, y que me impulsó a escribir esta carta es tan sencilla, tan banal, que hace un par de años —cuando tuvimos la oportunidad de vernos y, después de mucho tiempo, con el ánimo contrariado y oscuro por nuestras diferencias políticas, nos dedicamos a discutir sobre el futuro del país en lugar de compartir la cena—, me sería imposible concebirla: la ciudad de Sultana ya no existe. Porque una ciudad, más que un lugar, es un relato compartido. Una danza. Una sucesión de calles, es verdad, pero también de historias, de recuerdos. Ahora sólo hay ruidos. Lo que imagino de Sultana, es borroso, y no tengo con quien compartirlo. El viento, que trajo el virus, trae canciones, pero no las entiendo. Susurro las palabras que alguna vez significaron algo, y que, como etéreos y fugaces escondites, cobijan nuestros recuerdos. Pero nada tiene sentido.

Nos encerramos a lavarnos el alma. Pero no estábamos preparados para enfrentarnos a nosotros mismos. Tú eres la persona que mejor me conoce y sabes que la lluvia y las aves, con su canto inocente, siempre me llenaron de una música repleta de buenas noticias que no sabía descifrar, pero que me proporcionaban dicha. Sabes que disfruto del movimiento del mundo y, aunque ahora esté encerrado en el viejo caserón del barrio Alameda, que nuestros padres compartieron, mi corazón continúa buscando volar. Son cosas que no se pierden ni viviendo en medio de la muerte y la basura. Por eso creo que, al encerrarnos, la oscuridad del virus, y la limpieza que siguió después, invadieron nuestra esencia. Nos lavamos tanto que terminamos sin rostro, sin palabras, sin alma.

Hace tres noches que caminan por los tejados. No sé qué ha pasado en Sultana y no sé si quiera averiguarlo. No tengo fuerzas, no para salir e investigar. Sólo quiero encontrar las palabras para contarte lo que siento y trasladar al papel lo poco que me queda de humanidad. Quizás están en los tejados porque en la ciudad ya no hay una tierra que pisar. O están fundando otro mundo encima de mis ruinas. Imagino que es lo más normal, lo que hace todo sobreviviente: esconder las cicatrices.

No existe el prójimo porque no existe un mundo compartido. Olvido muchas cosas últimamente, y creo que no pasará mucho tiempo, hasta que ya no pueda volver más a ese mundo que habitamos juntos. No existe el prójimo porque no puedo mirarme en nadie, ni mucho menos reconocerme. Hermano, te ruego que no vengas por mí: no creo que pueda, en esta oscuridad, distinguir tu voz.

Anoche —es decir, cuando ya no pude sostener el lápiz, y la veladora roja con la imagen de la virgen María, en su pequeño crepúsculo, me indicaba que había transcurrido mucho tiempo y que debía dormir— tuve una pesadilla: una voz sin rostro me gritaba, “la vida no ha cambiado nada”. Y lloré por ti, hermano. Por nuestra distancia insalvable.

 

Gabriel Rodríguez

 

Microficción y complejidad

La muerte del autor

“Siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura.”

(Roland Barthes, La muerte del autor)

La experiencia lectora semeja un viaje. Un viaje hacia la ciudad del símbolo, de la fantasía y la imaginación: urbe evocada que cambia con cada visitante que  traspasa sus puertas. Los cimientos de esa ciudad poética, los signos, son firmes, inmutables en su forma aunque no en su fondo. La esencia cambia con cada interlocutor, con cada lector: “Podría decirte de cuantos peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos de sus soportales, qué chapas de Zinc cubren sus techos; pero sé ya que sería como no decirte nada”, dice Calvino en “Las Ciudades Invisibles” (Calvino, Las ciudades invisibles, 2007). No valdrá de nada lo narrado —en cuanto a veracidad se refiere— pues no le estaría contando una verdad suprema, invariable. Le estará narrando su verdad subjetiva. Así pues, la escritura como mecanismo para registrar acontecimientos, como ayuda memorística, languidece.

La memoria se establece como una red, como una estela discontinua que cambia constantemente. La huella de una huella como las ruinas circulares de Borges: templo donde se proyectan los sueños. Donde el que sueña, también es soñado. De esta manera, la microficción emerge como expresión artística paradigmática y abanderada de esa muerte del autor, de la pérdida de una historia única y una interpretación hegemónica. La obra que no puede renovarse está muerta, parece ser la premisa de los microficcionistas como Ana María Shua. De esta forma, la inmortalidad de una obra de arte es vista como otra forma de olvido pues ya no existe necesidad de generar un debate o algún tipo de pensamiento en torno a dicha obra. La microficción actúa de un modo renovador y mesiánico frente a los mitos y las vacas sagradas de la literatura, mostrando su degeneración, su putrefacción como lo hace Przybyla[1] con las ramas fugaces que ostentan, frente a la madera barnizada, la vida como degradación, como transformación y dinamismo invitando a pensar sobre la finitud. De esta manera, la microficción, como arte breve, busca conmover y suscitar en el lector dudas que lo lleven a plantearse su relación con el mundo, enfrentándose a las obras inmortales y  a las verdades inmutables con la intensión de herirlas para devolverles un poco de vida.

La microficción: un nuevo paradigma estético

El auge de la microficción va de la mano con el crecimiento de las tecnologías de la información y la comunicación, que nos invitan a una efectividad constante y, por tanto, ponen por encima de todo la brevedad. El paradigma estético al que están inscritas está emparentado con los nuevos paradigmas científicos y sociales. Las filiaciones genéticas que promulga la ciencia se trasladan al arte en forma de mutación e hibridación, de herencia que se recibe con la intención de transgredir y transformar; capaz de generar ideas, debates, reflexiones; brindando destellos que permitan reflexionar alrededor de problemáticas sociales, artísticas y filosóficas. En ese sentido, la obra de Ana María Shua se posiciona como una herramienta propicia para estudiar este paradigma estético donde el metabolismo creador ha mutado, se ha acelerado y consume y devora a la obra de arte clásica de la que es precursora.

No hay un demiurgo creador, un Autor divino, con mayúsculas, del que proviene una obra inalterable, con un único sentido. Una obra así sería como la ciudad de Zora de Calvino, desecha, condenada al olvido por su quietud. La memoria encarnada en el cuerpo de la ciudad, la destruye. Así como el proceso creador se ve atado, prisionero, si siempre recuerda y venera las grandes obras del pasado, también puede generar nuevas realidades estéticas si establece diálogos con dichas obras, tomando prestado, borrando algunas huellas para dibujar sobre el lienzo ya terminado. Si emprende la tarea de reescribir.

La memoria —esa mirada constante hacia lo conocido, hacia atrás―, condenó a aquella mujer bíblica convirtiéndola en una estatua de sal: petrificada en el pasado igual que la ciudad de Zora, envuelta en el manto blanco de la memoria sin horizonte, en la lectura respetuosa del autor, en la lectura sin escritura. Así, la microficción renuncia a ese respeto. Renuncia a narrar y toma prestados distintos discursos. El paradigma estético al que está inscrito es transversal y no repara en asumir como propios las formas de otras disciplinas (Guattari, 1994). Así pues, la microficción adopta estrategias discursivas propias de la argumentación y muta hasta convertirse en una formula, en una ecuación, en un silogismo. Decir microficción entonces, es decir microensayo, microciencia, microarte:

Órdenes son órdenes

Yo soy solamente un Ejecutor. Los verdaderos responsables, los que dan las órdenes, están Más Arriba. Esa frase acostumbraba repetir para disculparse, cuando, un tiempo después de terminar Su Obra de seis días, empezaron a subir las primeras almas apremiadas, quejándose de los groseros errores de la Creación. (Shua, 2009)

El lector semeja a esas almas apremiadas. El libro le acoge una primera vez y parece marcar su destino, sellando una relación filial, atando un hilo dorado de recuerdos borrosos, ausente de detalles que aunque no son reconocibles, son familiares. El lector nunca es el mismo aunque se enfrente siempre al mismo texto: el autor desaparece y lo relatado pasa a formar parte de un metarelato interior, personal, íntimo. El microficcionista es un lector irrespetuoso y profanador, un prestamista que lee con la intensión de olvidar, de trasgredir, de mutar genéticamente al texto; piensa la lectura como abono para sembrar dudas, para escribir capsulas de pensamiento, pequeñas circunferencias rodeadas de incógnitas, de referencias. Patrick Suskind en su relato “Amnesia in letteris” lo ilustra así:

Hasta que llego a un pasaje en el que el relato alcanza, sin duda, su máximo esplendor y que me arranca un ¡ah! en voz alta, “¡ah, qué bien pensado!, ¡qué bien dicho!”. Y cierro por un momento los ojos para reflexionar sobre lo leído, que ha abierto una brecha en el marasmo de mi mente, que me ofrece perspectivas completamente nuevas, que emana nuevos conocimientos y asociaciones, que me clava aquel aguijón que decía: “Tienes que cambiar tu vida”. Y, de manera casi automática, mi mano coge el lápiz, y pienso: “Tienes que subrayar eso”, escribirás un “muy bien” al margen y trazarás un grueso signo de admiración detrás y anotarás con unas palabras el torrente de ideas que han desencadenado dentro de ti esas líneas, como ayuda para tu memoria y homenaje documentado al autor que te ha iluminado tan grandiosamente. Pero, ¡ay! Cuando poso el lápiz sobre la página para garabatear mi “¡muy bien!”, figura allí ya un “muy bien”, y el breve resumen que quiero apuntar ya ha sido escrito también por mi predecesor, y lo ha hecho con una letra que me es muy familiar, la mía propia, pues el predecesor no es otro que yo mismo. Yo había leído el libro hace tiempo. (Suskind, 1996)

El lector olvida que ha leído. Olvida los indicios de esa lectura, sus huellas. Olvida quién lo ha precedido e incluso olvida el autor. No se trata de olvidar por completo toda referencia y todo norte. Se trata de profanar tumbas, de asesinar dioses. La clave está en la forma en que asumimos la lectura. Funes el memorioso recuerda cada hoja de un árbol y a su vez recuerda cada mirada, cada vistazo y esto le paraliza, le vuelve un ser irracional, insensato; su memoria frustra toda comunicación. Es imposible imaginar un Funes escritor, incapaz de usar una palabra ya empleada en otra obra, incapaz de olvidar que el autor no existe porque no existe auditorio. La relación comunicativa sólo se da entre iguales, quien escribe se dirige a un lector que también escribe en su mente la obra. No hay autor pues todos somos autores. Sólo cambia la perspectiva, como ilustra Borges en su relato:

 “Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez.” (Borges, 2011)

La ciudad invisible de Isadora refleja la paradoja del autor. Lo imaginado lo destruye, la ficción que alimentó no corresponde con el resultado final pues no permanece estático. La madre que ve crecer a su hijo, tan distante del que cobijó en su vientre. Así, el viajero que se adentra en las calles de Isadora, ciudad evocada, soñada, imaginada y cambiante como las narraciones que la componen, ciudad que pertenece a quien la soñó y que lo abandona en cuanto termina el sueño, se transforma. Ciudad que cambia porque el viajero cambia y la estela del recuerdo, como la escalera en forma de caracol fabricada con caracoles, se eleva en una espiral interminable de historias. La solidez no tiene cabida en Isadora ni en la experiencia lectora. El simulacro siempre desencanta como el mapa inútil de Borges que pretende reproducir los deseos y la realidad. Deseo que se hace recuerdo como en las narraciones de Sherezada donde una historia contiene otras historias y la expectativa por conocer el final se difumina al rayar el alba dando la bienvenida a otra historia en un bucle interminable. Así actúan las microficciones, como una Sherezada que renueva y sorprende, que invita a pensar y presenta el lado oculto de una historia, que teje un manto intertextual que nunca acaba.

Arte líquido o la microficción como herramienta para pensar

La microficción viene a ser el arte en movimiento, lejos de la anquilosada y sólida narración convencional, “arte cinético” que trasgrede el orden y la regularidad para provocar un movimiento en la mente del espectador. La experiencia lectora y la actividad creativa suponen visitar el mundo de imágenes y símbolos como un asaltante y no como un turista, del mismo modo que el espectador de una instalación se mimetiza con la obra y forma parte de ella. Aprovechar el fugaz instante de lucidez que despierta una historia o un hecho cotidiano para transgredirla y subvertirla. Como aquellas ciudades susceptibles a caer y ser las ruinas de otra ciudad, el germen de filosófico que habita en la realidad permite que la microficción se configure como máquina para pensar el mundo. Como la ciudad de Maurilia, que posee un pasado gracias a que éste ha sido reemplazado por un futuro. El autor muere en ese préstamo, se confunde con sus precursores: así, la microficción usa los lugares comunes, las ideas preconcebidas y absolutas de la realidad para proyectar ideas. Ana María Shua lo ilustra así en relación con la creencia popular de lo que significa el masoquismo:

Abaratando costos

Algunos masoquistas disfrutan con la idea de que otros asistan a su humillación. Los que pueden hacerlo contratan dos o más pupilas. Pero para los verdaderamente ricos está prevista la participación de cinco mil extras y el alquiler del estadio. (Se rumorea que los espectadores son sádicos, que se les cobra la entrada). (Shua, 2009)

La obra de arte duradera, con un significado duradero, sin movimiento y sin posibilidades para el espectador, está en las antípodas de lo que pretende la microficción. El movimiento de la obra de arte líquida (Bauman, 2007), no es el movimiento monótono y controlado, es la espontaneidad desprovista de regularidad, es la trasgresión y la sorpresa, la provocación que busca fundar nuevos símbolos. Las ruinas de las ciudades se suceden unas a otras: son precursoras, fundadoras. Organismos vivos que se alimentan unos de otros por la realidad social, por los adelantos científicos y el auge de las nuevas tecnologías que promulgan, como señala Calvino, la rapidez como valor. El lector no está, no puede estar, unido a un hilo progresivo, a una escalera que sólo conduce en una dirección. Como en la biblioteca de Babel de Borges, el desorden de cada viajero es su camino, su ruta: un mapa subjetivo de lecturas, de mundos. Los puntos en común que dicho viajero encuentra en sus paseos por la ciudad son el canon, el orden dictado por la cultura: no es un camino, son referencias, señales para transitar. Como manifiesta Vattimo sobre la postmodernidad, la microficción representa la pérdida de un epicentro. La muerte del autor anunciada por Barthes. La hegemonía de la verdad occidental da paso a una visión plural del mundo. La emancipación, la espontaneidad y la subjetividad se erigen, en contraposición al progreso unidireccional de la modernidad, en los guías del visitante contemporáneo: el lector desarraigado que construye su propia obra, que al leer crea, que piensa, duda y hace camino al andar.

Conclusiones

Damien Hirts[2], inquieto por el fenómeno de la muerte y en un afán por retratar su avance inevitable, expuso un tiburón en una tina llena de formol en lo que llamó “La imposibilidad física de la muerte en la mente del espectador”. El tiburón funciona como metáfora de aquellos mitos inamovibles de la literatura que son trasformados por los microficcionistas. En un destello de genialidad, vuelven a la vida, son rescatados del polvo y de la muerte a través de una idea, de una emoción que interpela al lector y lo invita a pensar igual que ésta obra invita a reflexionar sobre el miedo sacando al tiburón de su mundo, matándolo y resucitándolo gracias al miedo que habita en el imaginario de los espectadores. No hay verdades sólidas e irrefutables para el arte. La obra de arte líquida se comporta como un agente transgresor que devela la condición caótica de la realidad, cuestionando lo inamovible, encarándolo, enfrentándolo: la microficción motiva a pensar, al tiempo que se alimenta de lo cotidiano, en la función que tiene el lenguaje y lo desautomatiza. Lo despoja de todo elemento mundano y práctico y lo lleva al terreno poético y filosófico. Lo vuele arte:

Enanismo

Como bien lo saben los empresarios circenses, el tamaño no es un destino sino una elección. Cualquier persona adulta puede convertirse en un enano siguiendo una serie de instrucciones sencillas que exigen, eso sí, una alta concentración. Por ejemplo, este minúsculo hombrecillo que ven ustedes aquí fue hasta hace dos meses un robusto mocetón de un metro ochenta y dos centímetros de altura y noventa y un kilo de peso. Por ejemplo, este microrrelato que está usted leyendo, fue hasta ayer mismo una novela de seiscientas veintiocho páginas. (Shua, 2009)

 

Pensar lo pasado e inamovible, es sacudirlo del letargo y transformar el “érase una vez” en un sinfín de veces y trasladarlo al presente líquido. La microficción se configura, entonces, como una forma de enfrentar la muerte, de pensar la finitud y la trascendencia. Lo biológico perece, lo humano trasciende. De esta forma, al igual que arte hiperreal de Hirst y de Przybyla, la microficción abandona la postura cómoda de la obra de arte como herramienta para la diversión pues así pierde la capacidad de producir sensaciones y emociones, de provocar, de asombrar. Este nuevo paradigma estético, abrazado a las nuevas tecnologías de la información, logra escapar de la monotonía y convertirse en un acontecimiento único. Viajar ligero de equipaje, como recuerda Bauman, es el elemento que da fuerza al autor de microficción, un artista líquido y liviano que expande y aumenta mundos, que argumenta de manera sensible, que despierta en los lectores el placer de pensar.

 

Bibliografía

Barthes, R. (1994). La muerte del autor. En R. Barthes, El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura (págs. 65-71). Barcelona: Paidós.

Bauman, Z. (2007). Arte, muerte y postmodernidad. En Z. Bauman, Arte, ¿líquido? (págs. 11-27). Madrid: 2007.

Borges, J. L. (2011). Funes el memorioso. En J. L. Borges, Cuentos completos. Bogotá: Random House Mondadori .

Calvino, I. (1998). Seis propuestas para el próximo milenio. Barcelona: Ediciones Siruela.

Calvino, I. (2007). Las ciudades invisibles. Madrid: Siruela.

Guattari, F. (1994). El nuevo paradigma estético. En D. F. Schnitman, Nuevos Paradigmas, Cultura y Subjetividad (págs. 185-205). Barcelona: Paidós.

Shua, A. M. (2009). Cazadores de Letras (microficciones reunidas). Madrid: Editorial Páginas de Espuma.

Suskind, P. (1996). Amnesia in letteris. En P. Suskind, Un combate y otros relatos. Barcelona: Seix Barral .

[1] Jonna Przybyla, artista polaca contemporánea

[2] Artista conceptual británico, dedicado a instalaciones y performance

Pensar el futuro: indicios sobre la ciencia ficción

No existe una sociedad ideal. No existe el paraíso. Cuando imaginamos un mundo perfecto, nos encontramos con un cuadro que resalta, de forma edulcorada, los grandes fracasos de la humanidad. Entonces, no nos queda otro camino para transitar que la distopía. No nos queda más remedio que añorar el paraíso perdido, malogrado. No nos queda otra alternativa que transformar el dolor, la derrota, en un hecho estético. Sólo nos queda la ficción.

Así, la ciencia ficción se configura como oportunidad para reflexionar y replantear nuestros miedos, nuestros deseos y las posibilidades del presente. Para pensar lo humano. Entonces, tanto el “no lugar”, la utopía, como “el mal lugar, la distopía, suponen una lectura para los dilemas actuales, una crítica a nuestros excesos. De ahí que en la ciencia ficción, la libertad individual se diluya en nombre de un ideal, de una meta; o la sociedad, desarrollada de forma enfermiza y sin recursos, engulla a los seres humanos con la voracidad de un desierto; o la insignificancia de la voluntad humana frente a la fuerza de una catástrofe natural, de un virus, de un ataque extraterreste. En la ciencia ficción la búsqueda de la perfección es un abismo, dejando patente la incapacidad para cambiar nuestro destino.

La ciencia ficción no es un asunto de máquinas. Establece un vínculo entre el hombre y su entorno.  Lo que nos configura como seres humanos se problematiza, se extrapola a otro escenario. De esta forma, la sociedad de consumo, la banalidad de las redes sociales, la incesante búsqueda de confort o las disyuntivas de género, son discutidas llevándolas al extremo, exponiéndolas de forma inusual, extraña, con cierta distancia. La distancia de ocurrir en el futuro o en un mundo desconocido. Y así las apreciamos mejor.

Leemos el mundo y especulamos.  Construimos una realidad para releer la que nos tocó vivir. La escritura de ciencia ficción, entonces, sólo es una manera de transitar por el sendero de nuestros errores. Para no cometerlos, para enmendarlos, para imaginar soluciones. Esta relectura de lo que somos es dolorosa porque nos insta a cuestionar lo que ya conocemos, lo que consideramos correcto, normal, y mirarlo desde otra óptica. Nos invita a cuestionar nuestras verdades, a generar nuevas cosmovisiones. Nuevas posibilidades.

Gabriel Rodríguez 

 

La especie fabuladora: no solo de pan vive el hombre

La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla.
Gabriel García Márquez

Narramos para encontrar sentido, para ubicarnos en el mundo y sentirnos parte de él, para habitarlo. Hacemos, mediante la ficción, mediante la fábula, el mundo. Somos hacedores y creadores de sentido. La humanidad, entonces, es verbo. Contamos para ser, para estar, para existir. Esta es la premisa de “La especie fabuladora”, de Nancy Huston. Un libro ágil, agudo. Un texto que nos da una visión inquietante —por su sencilla y hermosa complejidad— de lo humano.

 

 

El universo no es otra cosa que un silencio caótico. Una noche oscura que calla ante los eventos humanos. Pero nuestra esencia se nutre de las conexiones, de unir estrellas distantes en el tiempo y en el espacio. Somos constelaciones perdidas en la inmensidad de lo real, haciendo lo posible por encontrar un significado a nuestros pasos.

Y es que sin relato no hay existencia posible, nos dice Huston. Necesitamos el sentido, es decir, la narración. No basta con describir, con vivir. No es suficiente, en el mundo de las redes sociales, la experiencia de amar, de leer un libro, de hacer deporte, de viajar, de compartir una cena. Para que estas escenas de nuestra vida cobren valor deben pasar por el filtro de la ficción y transformarse en “historias” de Instagram. Deben narrar algo. Y si son narradas, en cierto modo, son inventadas, editadas. Según la autora, la vida no es otra cosa que una traducción incesante. Nuestros días son un ejercicio en el cual trasladamos a la ficción todo lo que vivimos.

La verdad no tiene cabida en un mundo de historias. Todo nombre, toda palabra, todo lenguaje, es alquimia. Es una reproducción de los rituales primitivos de magia: crear, mediante el uso del lenguaje, nuestra realidad. El problema está en que la ilusión del lenguaje, el orden que proporciona, nos engatusa. Hace que todo relato parezca verdadero. Pero no es así porque todo es ficción, ese dispositivo en el que ingresamos para consumir el mundo. Y somos adictos al confort que dicho dispositivo nos proporciona, de ahí el triunfo de las noticias falsas, espacio donde confirmamos nuestras creencias, reafirmamos nuestra identidad y sentimos que tenemos razón. En la gestión que hacemos de las redes sociales pasa otro tanto: narramos, sin sombras ni defectos, nuestra historia. Somos un Dorian Gray, un Narciso que se mira en las aguas de la ficción.

Huston cuestiona, incluso, la que para ella es nuestra gran ficción: el yo. Un espacio en el que se conjugan la memoria con la fabulación en una suerte de novela histórica. Porque somos lo que contamos que somos, lo que nos dicen que somos. Más que de carne y hueso, estamos hechos de historias. Y vamos elaborando, mientras la protagonizamos, la novela de la existencia, dándole sentido a todos nuestros actos, incluso a los sueños. Así, resulta casi imposible creer en el azar: no podemos dejar de metaforizar, de realizar conexiones, de asociar, de construir un sentido. No podemos dejar de fabular y pensar que todo pasa por algo.

Necesitamos las historias, nos dice la autora, porque padecemos una sed perpetua de sentido. Esta predisposición que nos hace humanos es aprovechada por las grandes instituciones para vendernos un estilo de vida, para persuadirnos y disuadirnos en las jornadas electorales, para asustarnos, para entusiasmarnos. Es el gran teatro del mundo que imaginó Calderón. Una puesta en escena que inicia con nuestro ingreso en la cultura, con la adquisición del lenguaje, con el sentimiento de desamparo permanente, que nos acompaña a lo largo de la existencia, cuando nos damos cuenta que vamos a morir. Al leer este libro comprendemos que no solo de pan vive el hombre.

Por: Gabriel Rodríguez
Cali, Colombia 2020